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Gestión de talento

La tranquilidad como indicador de que algo está bien

Durante años, en muchas organizaciones se ha asociado la intensidad con el rendimiento. Agendas llenas, urgencias constantes y una sensación de actividad continua han sido interpretadas como señales de que el equipo está funcionando al máximo nivel. Sin embargo, en un número creciente de entornos profesionales, esta relación empieza a cuestionarse.

Distintos estudios sobre hábitos de trabajo apuntan a que la sobrecarga de tareas y la fragmentación del tiempo no mejoran necesariamente los resultados. Según datos de Microsoft Work Trend Index, los profesionales reciben de media más de 250 interrupciones al día entre correos, mensajes y reuniones, lo que dificulta mantener periodos de trabajo profundo. En paralelo, investigaciones de Asana indican que cerca del 60% del tiempo laboral se dedica a tareas de coordinación y gestión, y no al trabajo principal.

En este contexto, la sensación de urgencia constante no es tanto un indicador de productividad como de falta de estructura.

Cuando la urgencia deja de ser puntual

La urgencia forma parte de cualquier organización. Existen momentos donde la velocidad es crítica y la capacidad de reacción marca la diferencia. El problema aparece cuando esta dinámica se convierte en permanente.

En muchos equipos, las prioridades cambian con frecuencia, las decisiones se revisan varias veces antes de ejecutarse y las tareas se interrumpen continuamente. Esta inestabilidad no responde a una falta de compromiso, sino a un entorno de trabajo donde el sistema no facilita la continuidad.

Según un estudio de McKinsey, los empleados dedican aproximadamente el 28% de su jornada a gestionar correos electrónicos y otro 20% a buscar información interna o coordinarse con otros equipos. Esto implica que cerca de la mitad del tiempo se consume en actividades indirectas.

El impacto en la calidad del trabajo

El efecto de este entorno no siempre se refleja de forma inmediata en los resultados, pero sí en la calidad del trabajo y en la toma de decisiones.

La Universidad de California ha analizado el impacto de las interrupciones en el rendimiento cognitivo y concluye que, tras una interrupción, una persona puede tardar más de 20 minutos en recuperar el nivel de concentración previo. Cuando estas interrupciones son constantes, el trabajo se fragmenta y se reduce la capacidad de análisis y planificación.

En la práctica, esto se traduce en decisiones más reactivas, mayor probabilidad de error y menor sensación de control sobre el trabajo.

Equipos que funcionan de otra manera

Frente a este modelo, existen equipos que operan con una dinámica distinta. No están exentos de exigencia ni de presión, pero la urgencia no es el estado habitual.

En estos entornos, las prioridades están más definidas, las decisiones no cambian constantemente y el acceso a la información es más sencillo. Esto permite que el equipo avance con mayor continuidad y que el tiempo se destine en mayor medida a tareas de valor.

Un informe de Gallup señala que los equipos con claridad en roles y expectativas tienen hasta un 25% más de probabilidad de alcanzar niveles altos de rendimiento sostenido.

La tranquilidad como consecuencia

Uno de los errores habituales es interpretar la tranquilidad como una falta de ritmo. Sin embargo, en los equipos que funcionan bien, esta sensación no es un objetivo, sino una consecuencia de cómo está diseñado el trabajo.

Cuando el entorno es claro y estable, las personas no necesitan dedicar parte de su energía a reorganizar constantemente su actividad. Esto libera capacidad para centrarse en lo importante.

La tranquilidad, en este sentido, no implica trabajar menos, sino trabajar con más continuidad.

Diseñar entornos donde todo no compite a la vez

Las organizaciones que están avanzando en esta dirección no lo hacen reduciendo objetivos, sino revisando cómo se trabaja.

Definen mejor las prioridades, limitan los cambios constantes y reducen las dependencias innecesarias. En muchos casos, el mayor salto no viene de hacer más, sino de evitar que todo compita por la misma atención al mismo tiempo.

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